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martes, 26 de mayo de 2015

Una anécdota que publicar

Quepos, provincia de Puntarenas, doce treinta de la mañana, buena hora para coger algún recuerdo en esa tiendita tan chula de ahí enfrente, total -miro el billete-, hasta las dieciséis cincuenta y cinco no nos sale el vuelo de regreso y hay ciento cincuenta y tres kilómetros hasta allí así que hay tiempo de sobras, ¿o no?. Ella asiente y yo parqueo.

Las distancias en Costa Rica no son lo que parecen, las autovías, por poner un ejemplo, en muchos de sus tramos se convierten en carreteras de un solo carril para cada sentido, y más de la mitad de los vehículos que circulan por el país son mastodónticos camiones o autobuses, de herencia norteamericana por cierto. Haciendo una sencilla regla de tres nos da una idea de como es el estado de las carreteras nacionales, locales y comarcales, o del tiempo necesario para recorrer la distancia entre x e y. Esta misma regla sirve también para las señales indicativas de rutas y carreteras, supongo que los oriundos saben siempre a donde ir y no las necesitan. Para los guiris, entre los que me incluyo, están los gps (Global Positioning System) o la opción pps-atc (Perdidos Por la Selva-A Tomar por Culo). Elegimos la primera, más segura aunque previsible.

Después de diez días recorriendo el país te haces una idea del tiempo que lleva manejar -muy usado aquí- cada embotellada milla, así que calculamos que los ciento cincuenta kilómetros nos llevarían a lo mucho tres horas, por lo tanto sobre las quince treinta, como muy tarde, estaríamos en el aeropuerto, facturando así dentro de los obligatorios noventa minutos antes. Aún paramos a comprar unos chicharrones -no los habíamos probado en todo el viaje- en un puesto de camino y a ver los cocodrilos desde un puente en las cercanías de Playa Hermosa. Entrábamos en tiempo.

Dos de la tarde, sesenta kilómetros al aeropuerto, en la autovía un letrero luminoso indica accidente a la altura de Cerro Negro, ocho kilómetros más adelante; nos miramos esperando no fuera en esta dirección. Por suerte, un par de kilómetros antes llegamos a un peaje donde le explicamos al hombre de la cabina nuestro destino y si el accidente era en esa dirección. Nos explica que el accidente es a la altura de Cerro Negro y que no cojamos ese desvío....justo delante bifurca la autovía, un cartel pone Alajuela y el otro Cerro Negro. Yo no sé si me expliqué mal porque no puedo entender que entre dos personas que hablan español no logren entenderse para una simple indicación. Cogimos a la izquierda, Alajuela, el que nos marcaba el gps. A los quinientos metros de incorporarnos a esta nueva autopista vemos en el horizonte el atasco, los coches empiezan a frenar y llegado el momento nos paramos. Asustados, nos damos cuenta que el accidente es ahí delante; me bajo del coche y le pregunto a un camionero que se bajó a la vez:

- Pero... ¿es aquí el accidente?...
- Sí amigo, volcó un camión arrollando a otros seis vehículos; han saltado coches por encima de la mediana e invadieron el sentido contrario también....hay para largo
- Miro el reloj, catorce dieciocho, hora y cuarto para la facturación, no llegamos. Tenemos que coger un avión, ¿hay otra alternativa?.
- Sí pero ya se la han dejado atrás, tendrían que haber cogido el desvío Cerro Negro y tomar la nacional.

Estábamos encallados entre trailers y la única vía libre era el arcén del lado contrario. Después de mucho convencer a los conductores para que maniobraran delante-atrás sus camiones, hacer el hueco suficiente entre ellos, girar el sentido y escapar así por la cuneta entre saludos y agradecimientos, logramos enlazar con la nacional, la cual estaba atascada hasta las entrañas. Las tres menos veinte de la tarde con cuarenta y pico kilómetros de caravana por delante....

A las cuatro la dejé en el aeropuerto con las maletas de facturar -a mi nombre-, los pasaportes y todo lo necesario para ir haciendo los trámites -aunque creía que ya no nos dejarían volar-, mientras tendría que ir a echar gasoil para devolver el coche lleno -a tres km de allí- y que el espabilao del chófer -a la ida tardó treinta minutos en ir a recogernos- estuviese en la oficina de aquella para llevarme de vuelta.

Cuando entré en el aeropuerto -diéciseis treinta, aproximadamente a veintiocho kilómetros por hora- ya me esperaban seis personas, que a su vez rodeaban a mi chica, con preguntas del tipo dónde ha estado estos días, qué ha comido hoy, si había dormido o de cual accidente me habla -a ella ya se las habían hecho-. Hasta me pincharon la funda de la tablet con una navaja a ver si escondía algo. ¿Creían que éramos muleros o qué?....Señores -imaginando su respuesta-, con esas historias que nos cuentan, ¿qué opinarían ustedes?.....

....Al entrar por el umbral de la pasarela que une el aeropuerto con el avión, ya después de pasar también los rutinarios controles de aduanas, quedaban dos de los policías -vestidos de paisano, aspecto Sonny Croquett y Ricardo Tubbs, con mano derecha en el bolsillo de una pernera y la otra pierna apoyada a un bordillo- mirándonos fijamente y dudando todavía de nuestra historia. Buenas tardes, les dijimos sonrientes mientras cruzábamos.

PD.- Ah, se me olvidaba, si llega a ser por la supervisora de la compañía aérea ya nos quedábamos allí; y eso que era de nuestra tierra la colega...Mmmm.